Si hay en la vida algo íntimo, personalísimo, sagrado, son esos momentos en que marido y mujer gozan del amor conyugal. Es algo que debe guardarse como tesoro precioso, algo que debe ser recordado y conservado como algo exclusivo de los dos. Es que Dios, el diseñador del matrimonio, es también creador del pudor, de la dignidad, del recato y del rubor. Y estas cosas son la salvaguarda de la característica sagrada y sana del acto matrimonial. Si marido y mujer saben conservar para ellos mismos la honra y la pureza del lecho conyugal, y hacen de ese lecho un altar espiritual, la felicidad matrimonial estará asegurada. «Tengan todos en alta estima el matrimonio y la fidelidad conyugal» Hebreos 13:4

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