El hecho de conocer algo a la perfección nos permite rechazarlo porque no nos conviene o porque sabemos realmente de qué se trata, y sin embargo Jesucristo, el Hijo de Dios, hizo precisamente lo contrario en el caso nuestro. ¿Acaso no sabía Dios, cuando decidió pagar el precio supremo enviando a su Hijo al mundo a morir por nosotros, que nosotros no valíamos la pena? ¿Cómo no iba a conocernos a la perfección el que nos hizo con libre albedrío y por lo tanto propensos a un sinnúmero de imperfecciones? Dios pudo habernos rechazado por el hecho de saber con certeza que se trataba de nosotros con todas nuestras imperfecciones, pero hizo todo lo contrario: mostró su amor por nosotros cuando todavía éramos pecadores y no habíamos hecho nada para merecerlo. «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» Romanos 5:8

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