«Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás» (Génesis 3:19) hay hombres que quieren llevarse a la tumba todo el oro que poseen. ¿Pero para qué? ¿De qué sirve? Los muertos son polvo, cenizas, nada más que cenizas. El polvo y las cenizas no son nuestro verdadero destino. Jesucristo no vino al mundo para ofrecernos una urna de oro dónde depositar sus restos. Él vino para ofrecernos una gloriosa resurrección después de la muerte, y un cuerpo que no seguirá siendo materia putrescible sino algo imperecedero, glorioso, puro y perfecto. Es la vida eterna, y no cenizas, lo que nos ofrece Cristo.

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