No hay ningún delito que sea inteligente. Algunos delitos podrán ser ejecutados con astucia, con maña, con habilidad y con destreza, si se quiere, pero con inteligencia, ninguno. La inteligencia es lo que distingue al hombre de la bestia. Y la inteligencia —esa facultad superior del hombre hecho a la imagen de Dios— se la dio el Señor para que entendiera las leyes divinas y aprendiera a cumplirlas. «Temer al Señor: ¡eso es sabiduría! Apartarse del mal: ¡eso es discernimiento!» (Job 28:28). La inteligencia verdadera no es delinquir hábilmente a fin de no ser descubierto. La inteligencia verdadera es no pecar nunca, ni contravenir jamás a las eternas leyes de Dios. En el cumplimiento de las leyes divinas están la cordura, la libertad y la inteligencia. Sólo Jesucristo puede darnos tal sabiduría. Sólo Él puede darnos el poder para poner en práctica sus enseñanzas y mandamientos. El mejor uso que le podemos dar a nuestra inteligencia es recibir y seguir a Cristo

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