Eso de «contemplar el pecado toda la vida» debe de ser un castigo terrible. Muchas veces imaginamos al infierno como un horno ardiente, donde los pecadores se queman por la eternidad. Nadie sabe con exactitud cómo será ese castigo eterno, pero de seguro cada persona condenada tendrá que contemplar para siempre el pecado que cometió. Por eso envió Dios al mundo a su Hijo Jesucristo. El pasaje más citado de la Biblia dice:«Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16). Cristo nos ofrece dos vidas. La una es una vida transformada, nueva, mientras todavía nos encontramos en esta tierra. La otra es vida eterna en lugar de condenación eterna. Todo lo que tenemos que hacer es entregarnos incondicionalmente a Él.

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